sábado, 9 de abril de 2011

Reflexión sobre caso real de alumno de 3º ESO.

Al estar realizando las prácticas en un instituto, puedo relacionar muy bien muchos de los aspectos que comentamos en clase con casos reales de alumnos del instituto a donde acudo todos días a dar clase y observar como otras profesoras de E.F lo hacen.
Estas prácticas me están haciendo reflexionar mucho sobre mi filosofía educativa, tomando como ejemplo muchas cosas de mis profesoras, y excluyendo algunas otras, las cuales veo que no dan resultados positivos.
Creo que es una oportunidad muy buena para poder reflexionar sobre nuestra actitud como docentes, y tomar como rutina aquellas acciones que creamos convenientes, siempre con el mismo objetivo, el sacar el mayor rendimiento de nuestros alumnos en nuestras clases y sobre todo el EDUCARLOS a un nivel interdisciplinar para que nuestra educación y nuestra transmisión de valores posea una transferencia positiva a su futuro comportamiento en la vida adulta.



Me gustaría comentar algunos casos a los cuales he hecho referencia a la hora de reflexionar sobre algunos aspectos que hemos trabajado en clase con Pere.
El primer caso que me gustaría comentar posee relación con el texto que leímos en clase Molina, J. P.; Beltrán, V.J. incompetencia motriz e ideología Del rendimiento en educación física: el caso de un alumno con discapacidad intelectual. Motricidad. European Journal of Human Movement, 2007: 19, 165-190 (Departament d´Educació Física i Esportiva. Universitat de València).

En una clase de tercero de la ESO, en la cual he dado varias sesiones y llevo observando sus clases de EF desde Navidades, he ido analizado el comportamiento de un alumno (un poco especial) en sus clases de EF.
Era un niño un poco especial, ya que poseía un comportamiento totalmente diferente al de sus compañeros. No poseía el comportamiento de un adolescente normal, sino que siempre hablaba de temas de política y de reflexiones sobre la vida desde la perspectiva de una persona adulta y madura. También poseía un problema de sobrepeso y una descoordinación y una dificultad motriz muy importante.
Muchas veces, cuando me hacía algún comentario, me quedaba boquiabierto, ya que no pensaba que ese alumno pudiese pensar o decir esas cosas sobre esos temas tan poco relacionados con adolescentes de su misma edad.
Los demás alumnos lo respetaban bastante en clase y muchas veces incluso lo animaban a que trabajase y le ayudaban a realizar alguna habilidad o ejercicio. La mayor parte del tiempo, iba solo, y se relacionaba con aquellos que más les apetecía según el día, sin poseer un grupo “pandilla” con el cual se relacionaba de manera habitual.



Desde el primer momento me percaté de que ese alumno poseía dificultades porque siempre se sentaba en las colchonetas y miraba como sus compañeros realizaban  las clases, sin tener el mínimo interés por trabajar con el resto.
Me propuse desde el primer día que trabajase y casi todos lo conseguí, al menos que pusiese un poco de empeño en intentar hacer las cosas, trabajar y que le saliesen las cosas poco a poco.
Trabajamos una unidad didáctica de combas, donde debían montar una coreografía con música por grupos de trabajo, realizando diferentes tipos de saltos.
Cada día me lo proponía como un reto el animar a este alumno a trabajar con el objetivo de que acabase por trabajar él solo, sin que nadie le animase. Poco a poco fui cogiendo confianza con él, y la relación mejoraba día a día.
Le proponía ejercicios adaptados a su nivel y con ilusión él los hacía.


El primer día que lo observé, no sabía coordinar la comba con el salto, y los últimos días era capaz de saltar de manera individual salto básico varias veces, sabía ejecutar salto cruzado y aprendió a saltar en combas colectivas.
Día a día iba interesándose más por la actividad y me pedía que le ayudase para conseguir hacer lo que hacían sus compañeros.
Los primeros días, tenía que centrarme en él y animarle minuto tras minuto para que trabajase pero después de tener alguna que otra charla seria con él, ya trabajaba de manera independiente.
Me quedaba asombrado con la evolución que estaba observando en él, ya que era un alumno muy descoordinado y con unas habilidades motrices muy malas, que nunca pensé que pudiese llegar a realizar todas esas habilidades.

Los últimos días, me comentó que no intentase hacerle trabajar, que había tomado la decisión de no hacer nada en ninguna asignatura porque iba a tener que repetir curso. Yo, no tiré la toalla, y estuve encima de él casi todo el tiempo, hablando con él, haciéndole reflexionar sobre su vida en general, sobre su actitud, sobre su relación con el profesorado, con sus compañeros de clase… pero me era muy difícil el conseguir que trabajase y si lo hacía lo hacía de “mala gana”.

Un día, llegó a clase, agradeciéndome todo lo que le había escuchado y enseñado en este tiempo, que había sido uno de los mejores profesores que había tenido en su vida y que más le habían ayudado y comprendido.
Le pregunté por la causa de su despedida y elogio, y me comentó que se marchaba a Portugal, a su país de origen y que se iba muy feliz sin ganas de volver a España.


El caso de este alumno, me hizo reflexionar mucho sobre mi actitud como profesor y sobre la educación en general.
Personalmente, creo que actúe muy bien con él, y que vio en mí una figura de un profesor “amigo” que le escuchaba y le comprendía, como pocas veces había encontrado.

Este caso y mi actitud hacia él me recuerdan mucho al libro de “Mal de escuela” de Pennac. Como comenta en su libro este autor, los malos alumnos son los que más apoyo y cariño necesitan. Este alumno, llegaba a clase como “una cebolla”, lleno de preocupaciones, de problemas familiares, de pensamientos diversos… y eso hacía que poseieran una mala actitud, la cual el resto de profesores no supo comprender y tratar.

Comprendo que yo soy joven y que el espíritu y las ganas de trabajar que poseo no son las mismas que posee un docente que está a punto de jubilarse, que lleva más de veinte años en las aulas con su debido cansancio y sus problemas externos a la escuela.
Creo que con casos como el de este alumno, el profesorado debería trabajar de manera cooperativa e ir comentando el caso sobre el que se trabaja de manera continuada. Todos deberían implicarse en el caso y tratar de “salvar” a ese alumno, para que llegue a poseer un buen rendimiento académico y una buena actitud frente a la vida, sobre todo esto último, ya que sobre el primer aspecto son las capacidades muchas veces las que lo determinan.
Hay que creer en este tipo de alumnado, tenerles afecto y que ellos así lo sientan. Que se sientan apoyados, que nos vean como un apoyo más en el centro escolar, no como el enemigo que le exige y quiere fastidiarle la existencia (muchos de los jóvenes a esas edades, ven la figura del profesor desde esta perspectiva).
Esto creo que con varias charlas de vez en cuando con el alumno, algunas palabras de felicitación por su trabajo y un mínimo interés sobre su vida externa a la escuela, creo que se puede cambiar mucho la actitud de un alumno y la visión de él hacia la escuela o hacia el instituto donde estudia día a día y donde pasa la mayor parte del tiempo.

Debemos hacer que los alumnos se sientan contentos en la escuela y aprendiendo. Tenemos que tener en cuenta que puede cambiar mucho el futuro y la felicidad de una persona, si estos años se desarrollan con normalidad y alegría a desarrollarse con preocupaciones constantes y desánimo.




Y como conclusión… que viva la diversidad de alumnado!!!!! ¡Pensemos que aquellos que más dificultades y problemas tienen, son aquellos que nos dan más “vidilla”, nos hacen pensar sobre ellos, sobre cómo actuar, sobre nuestra posición como profesor, sobre nuestros comportamientos a nivel individual y grupal… Deberemos plantearnos retos que al principio siempre los veremos como muy complicados e inalcanzables, pero iremos viendo que en la educación también todo es posible o al menos casi todo, pero siempre y cuando poseamos la actitud y las ganas de trabajar que se requieren!


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